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Laringitis en niños: síntomas y tratamiento

Laringitis en niños: síntomas y tratamiento

Laringitis en niños: síntomas y tratamiento. Es una de las enfermedades respiratorias más comunes entre los niños, sobre todo entre los 12 y los 36 meses, siendo importante su tratamiento para evitar las recaídas.

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    La laringitis es una de las enfermedades respiratorias más comunes entre los niños, sobre todo entre los 12 y los 36 meses de edad. Además, la laringitis es una patología recurrente, es decir, con tendencia a reaparecer. ¿Cuáles son sus síntomas más característicos?, ¿y el mejor tratamiento para los niños?


    La laringitis es una inflamación aguda de las vías respiratorias, en concreto de la laringe –entre la faringe y la tráquea y donde se localizan las cuerdas vocales-. Junto a las gripes, catarros o bronquitis, estamos ante una de las dolencias infantiles más comunes, cuya causa puede ser alérgica o viral. Su prevalencia es mayor en los meses de frío (otoño e invierno). ¿Cómo reconocerla?


    Los síntomas de la laringitis tienen la particularidad de que se suelen manifestar por la noche, en ocasiones, sin previo aviso, es decir, sin que hayamos notado que el niño se sienta mal, más cansado e, incluso, irritable. La laringitis se manifiesta con tos –definida como tos perruna-, dificultades para respirar –en ocasiones se identifica con el ligero silbido al expirar-, afonía, dolor de garganta y ronquera. No siempre aparece fiebre. En algunos casos, puede darse vómitos y náuseas. Si el niño presenta alguno de estos síntomas, conviene consultar a pediatra, ya que la laringitis es una patología que hay que diagnosticar y tratar, sobre todo para evitar recaídas o que se agraven los síntomas. La duración media de la laringitis es de uno a tres días, pudiendo empeorar los síntomas por la noche. Transcurridos los primeros días, salvo la tos –puede durar, más leve, una semana- irán remitiendo.

    Sí hay dos síntomas a los que hay que prestar especial atención. Se trata, en concreto, de si el niño está fatigado en exceso y el esfuerzo que tiene que realizar al respirar. Si le cuesta, y además tiene los labios amoratados, hay que acudir inmediatamente a urgencias.

    De igual manera, si tiene fiebre muy alta, o en el caso de los más pequeños, si babea mucho y tiene dificultades para tragar, también se debe acudir lo más pronto posible al médico.


    Una vez diagnosticada la patología, además del tratamiento farmacológico (antiinflamatorios, y para la fiebre, un analgésico) prescrito por el pediatra, es aconsejable seguir algunos consejos, como el ventilar adecuadamente la habitación –diez minutos son suficientes para renovar el aire, sobre todo si es invierno y se pone la calefacción-, ya que el aire fresco ayuda a respirar. Conviene colocar un humidificador en la habitación del niño. Hay que evitar los ruidos, y rebajar la luz, para crear un ambiente tranquilo y relajante que ayude al niño a dormir. La irritabilidad o los ataques de tos pueden agravar las dificultades para respirar.

    Aunque es aconsejable el reposo, también es bueno que el niño respire aire fresco durante al menos durante diez minutos. Otra recomendación para mejorar el tratamiento es la ingesta de mucho líquido, para evitar la deshidratación y para evitar la retención de mucosidad en el pecho. Es normal que durante los días que dure la enfermedad el niño pierda el apetito, no debiendo obligarle a comer y sustituyendo la dieta normal por una más ligera, con más presencia de líquidos, como leche, zumos o caldos. Hay que rebajar el nivel de actividad, procurando que jueguen durante estos días de una manera más tranquila, ya que los esfuerzos pueden provocar ataques de tos.

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