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Tumores en los huesos: ¿Cómo se originan?

Tumores en los huesos: ¿Cómo se originan?

Tumores en los huesos: ¿Cómo se originan? Los tumores pueden ser benignos, los más frecuentes, pero también malignos. En este caso, pueden deberse al desarrollo de un tumor en el propio hueso, como a la metástasis de otros tumores localizados en otros órganos. El síntoma más característico es el dolor, el cual no encuentra alivio con el descanso o con los fármacos. Cuidar nuestros huesos también forma parte del decálogo de hábitos saludables.

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    Tumores en los huesos: ¿Cómo se originan? Un tumor es una alteración patológica de un órgano o de una parte de él, producida por la proliferación creciente de las células que lo componen. En este caso, los tumores se suelen originar a partir de las células que forman el hueso, cartílago o el tejido conjuntivo. Además, en el interior del hueso se encuentra un tejido denominado médula ósea que también puede desarrollar tumores. Los tumores pueden ser benignos o malignos, conocidos en este caso como cáncer de huesos.


    No es uno de los cánceres más frecuentes, pero no por ello hay que dejar de prestarle atención. Los tumores que se desarrollan en los huesos pueden ser benignos, los más frecuentes, y malignos, afectando en este caso a todo el organismo y pudiendo invadir otros órganos. Los tumores benignos, por su parte, pueden producir algún tipo de trastorno local al comprimir parte del tejido óseo, pero a diferencia de los malignos no se extienden. Pero además hay que apuntar que cuando hablamos de cáncer de huesos no solo lo hacemos de los tumores malignos que se generan en el tejido óseo (cáncer óseo primario) sino también de los que se originan en otros órganos y, a través de la circulación sanguínea o linfática, se extienden hasta los huesos (cáncer metástico). Los casos más frecuentes son los producidos por los tumores malignos de próstata, mama, pulmón, riñón y tiroides, afectando fundamentalmente a a la pelvis, vértebras, cráneo, costillas y a los huesos largos.

    Los tipos más comunes de cáncer de cáncer de huesos primario son el osteosarcoma (se desarrolla en el tejido osteoide del hueso, y con especial incidencia en rodillas y húmero), el condrosarcoma (afecta al tejido cartílago, sobre todo de la pelvis, hombro y parte superior de la pierna),cordoma (se manifiesta en la columna vertebral y en el cráneo), fibrosarcoma (afecta a los tejidos blandos, como los músculos, tendones o ligamentos y se puede extender a los huesos de los brazos, piernas y mandíbula) y el sarcoma de Ewing. Precisamente, éste último tipo de tumor es un ejemplo del papel que juega la genética en el desarrollo de estos cánceres, cuyo origen, no obstante, sigue arrojando muchas incógnitas.


    El dolor es el síntoma más frecuente.

    PUede aparecer como una pequeña molestia tras realizar un esfuerzo físico, o volverse persistente e intenso. El dolor puede aparecer tanto en el sitio donde se localiza el tumor, como en otra zona más alejada, debido generalmente a que comprime algún nervio. En este caso, otro de los síntomas que puede aparecer es hormigueo.

    Otra de las señales que alerta de la aparición de un tumor es un abultamiento del hueso, incluso una fractura provocada por un pequeño traumatismo.

    En el caso de los tumores de hueso malignos el dolor suele ser bastante más agudo, constante, y se puede extender a las articulaciones de la zona afectada, provocando crujidos. El descanso y los calmantes no suelen aliviar los síntomas. Los tumores malignos se pueden desarrollar de manera muy rápida, provocando una deformación del hueso. Además, la piel que lo recubre se puede hinchar, enrojecer y calentar, similar a un inflamación. Los tumores en los huesos pueden ir acompañados de otros síntomas como fiebre, malestar general, anemia, pérdida de peso, cansancio físico y pérdida de apetito).

    Las células de los tumores malignos también pueden invadir otros órganos, siendo los casos más frecuentes los que afectan a los pulmones, hígado y al cerebro.


    Aunque en muchos casos se puede diagnosticar a través de una prueba por imágenes (radiografía, tomografía o una resonancia magnética) y un análisis de sangre, en otros, para confirmar el diagnóstico es necesario realizar una biopsia (examen de una muestra del tejido o de las células).

    Por su parte, el tratamiento puede pasar por una intervención quirúrgica, así como por ciclos de radioterapia y quimioterapia, o la terapia mieloablativa (basado en células madre para reparar la parte de la médula ósea dañada).

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